Back in black

He decidido volver a Livejournal. Echo de menos escribir. Lo intenté con blogger, pero es una cacota, prefiero esto. Además, entre las hordas de cuentas zombis todavía quedan algunos supervivientes. Menos mal.

Estaba pensando en contaros qué ha pasado con mi vida en este tiempo, pero creo que voy a pasar. Se volvería todo muy deprimente. Basten unas pinceladas: puto paro, puta crisis, puta salud, puto vacío existencial, puto todo. Sí, estoy un poco depre. Hoy mi vida es un erial, flor que toco se deshoja, en mi camino fatal alguien va sembrando el mal para que yo lo recoja… etc, etc. Todo el día en casa, vagando en pijama cual alma en pena, con pelos de loca y sin hacer nada de provecho. Os hacéis una idea.

Volver a escribir en el journal forma parte de mi terapia de reencuentro conmigo misma, por llamarlo de algún modo. Volver a escribir, volver a reseñar pelis y libros (osea, a verlos y leerlos), volver a contar anécdotas chorras, volver al fandom. A algún fandom. Al que sea. Será por fandoms…

En fin, he vuelto. Si me he puesto la tarea de salir a dar un paseo cada día para que no se me caigan las piernas de no usarlas, también puedo ponerme la tarea de postear una chorrada al día. Y ahora voy a leer la f-list, a ver qué se cuenta la gente.

Consideraciones a la hora de comer

Media hora tengo p’a comer. Cumple en tres minutos. Tiempo de sobra, y a lo mejor hasta puedo facebookearlo y todo…

Trabajo en una librería. Actualizo el catálogo web. Muy aburrido, máxime porque los libros son de medicina y tal, bastante ilegibles y con portadas grimosas en su mayoría. Mi trabajo podría hacerlo un chimpancé con conocimientos básicos de html. Menos mal que los chimpancés no suelen tener esas inquietudes, eso me salva. Eso y que no son fauna autóctona. Si, pongamos, los chimpancés fueran tan comunes en la zona como los estorninos, a santo de qué estaría yo trabajando aqui, si a un chimpancé le pagas en plátanos y no cotiza a la seguridad social, vamos, le pagas en negro. En plátanos negros, de esos que ya están un poco pochos, pero muy dulces y blanditos. Les encantan.

Esta mañana he llegado al trabajo más muerta que viva, o más dormida que despierta para ser exactos, y he visto un libro cuyo título decía algo así como dolores de cabeza tensionales causados por las cervicales. Y yo he pensado «coño, yo tengo de eso, podría comprármelo» pero inmediartamente me he dado cuenta de que como no me diera de cabezazos con él, poco iba a hacer yo con eso. Es mi eterno trauma con los libros. Los quiero. Luego no me interesa lo que dicen, pero la primera reacción es quererlos. Supongo que en ese sentido me ha venido mal lo de saber que tengo el descuento del editor (mas 4% de IVA) si quiero comprarlos aqui. Eso es un 30%. Además, venden modelos anatómicos. Si alguien quiere un craneo hiperrealista o un esqueleto de metro setenta llamado Stan, que lo diga. También hay uno de 88cm que sale más económico. Si queréis un hobbit difunto no tenéis más que decirlo.

Y no me da tiempo a mas. Bye, bye. Y no me preguntéis como se llama la librería porque paso de que mis jefes me gugléen y se enteren de lo frikaza que soy. Ea.

Dis-lexicon

En internet, los vagos del género hoygan que suelen pasarse por ahi las reglas ortográficas y escribir como les sale de ahi mismo, incluido el lenguaje SMS, suelen utilizar la dislexia como excusa. En general, cualquiera de nosotros que en un momento dado le da a la tecla que no debe y escribe una palabra al revés suele autodiagnosticarse dislexia y seguir tan feliz. Pero… ¿somos dislexicos?

Ni idea.

Yo me he autodiagnosticado varias cosas a lo largo de mi vida, entre ellas síndrome de déficit de atención, y como la autodiagnosis es grátis y no provoca efectos secundarios molestos, como la automedicación, también me he autodiagnosticado de problemas de lateralidad y ya de paso de dislexia. Si no fuera por un pequeño detalle, y es que se me da demasiado bien hablar, leer, escribir, redactar y en general pensar en modo narrativo como para ser dislexica. Porque la idea del dislexico es que piensa en imágenes, y por tanto le cuesta cualquier cosa que no sea eso, una imagen. También podríamos decir que leo rápido porque no leo, sino que reconozco la forma de las palabras, que es la manera en que todos aprendemos a leer rápido, y que provoca esos divertidos momentos en que leemos lo que no pone y nos quedamos a cuadros. Pero si eso lo hace todo el mundo, no soy la excepción. ¿Pienso en imágenes? Cuando me planteo un proceso, sí, lo hago. Pienso en hacerle ropa a mis muñecas y pienso en la tela, en cortarla, coserla, las piezas que lleva, como es. Y no pienso en palabras, sino en esquemas. Pero el ochenta por ciento del tiempo estoy redactando en mi cabeza, y vosotros veréis si redacto bien o mal. Así que puedo pensar de las dos maneras. ¿Quién me diagnosticará? El diagnosticador que me diagnostique…

Así que la próxima vez que penséis que tenéis dislexia, podéis ir a alguna web donde se enumeren los síntomas del trastorno y os aseguro que os sentiréis identificados. De un modo u otro. Porque el que no tenga problemas para diferenciar automáticamente derecha e izquierda (yo los tengo, por lo visto de niña era tirando a zurda y me contrariaron, qué lástimita y qué dolor, cómo me sacaré yo ahora mi carné de conducir…) tendrá problemas de atención, o para adminstrar el tiempo, o mala caligrafía, o tendencia a trastocar las palabras (yo, muchas veces mi cerebro va por delante de mi mano y adelanto las letras, me pasa más ahora, cuando estaba en el colegio nunca), o para leer en voz alta, o con la memoria a corto plazo, o la aritmética…

La dislexia somos todos.

Pequeña magdalena de Proust

Cuando yo era pequeña solían echar en televisón películas de Bud Spencer y Terence Hill con relativa frecuencia. No eran gran cosa, pero a los niños nos encantaban, corrían los primeros tiempos de Telecinco y la cadena tiraba de lo que más familiar le resultaba: Bud Spencer y las Mamachicho, que supongo que originalmente serían Mammaciccio, como originalmente Bud Spencer era Carlo Pedersoli, cosa que los niños de entonces no sabíamos y ahora si no fuera por Wikipedia puede que tampoco.

En fin. De aquellas películas, una de las mejores, la más visible y la favorita de mi madre era Le llamaban Trinidad. A mi madre le encantaba. Ella era muy dada a profesar grandes amores a ciertas cosas por pequeños detalles que la llegaban al alma, fuese como fuese lo demás, como por ejemplo la pareja de alguaciles de la serie Juzgado de Guardia, Selma y Bull, el grandote tontorrón y la señora mayor pequeñita fumadora y sarcástica, que a mi madre simplemente le encantaban. Pero hablamos de Trinidad. Lo que a mi madre le conquistaba de esa película eran los créditos iniciales, en los que se ve a Terence Hill hecho un absoluto guarro sestear tumbado a la bartola en unas parihuelas de las que tira su caballo por caminos, campos, desiertos y ríos, sin inmutarse siquiera. Supongo que lo de echar la siesta bajo cualquier terreno o adversidad climática, unido al «aqui me las den todas» le robó el corazón. Al cabo de un rato Terence Hill llega a una casa, o posada, no recuerdo exacamente, y se levanta para comerse una enorme sartén de alubias con una cuchara sopera, traca traca traca, sin respirar. Obra cumbre del spaghetti western, oda a la mugre, la fabada y la ropa interior enteriza de franela que llevaban en aquella época y que el tal Trinidad parece haber nacido con ella puesta. El resto de la película, entretenida en todo caso, no le llega a la altura a esta soberbia caracterización del personaje. Me llaman Trinidad, la mano derecha del diablo, el pistolero más rápido del oeste, y cuando me lavo incluso soy guapete, podría hacer grandes cosas, pero lo único que le pido a la vida es que me den un plato de judías de vez en cuando y que me dejen echar la siesta mientras tanto. Y tampoco soy muy exigente al respecto. Magistral.

Pues bien, os diré por qué he recordado esta película. Hoy, en la calle, me he cruzado con una mujer que tiraba de un carrito de la compra, y cuando ha pasado por mi lado he podido ver que en el carrito no había compra alguna: estaba aplastado y encima de él, tumbada a la bartola al estilo Trinidad, había una niña pequeña con gafas que me ha mirado con cara de «¿qué pasa?» mientras su madre tiraba de ella por caminos, canales y puertos. La llamaban Trinidad. Trini para los amigos.

Starks y Whos

Sacado de Kill The Rabbits

Por cierto, ayer vi el capítulo de Doctor Who escrito por Neil Gaiman. Impresionante. Gaiman podría salvar a Eleven, deberían haberle dejado escribir la temporada entera, coño. Lo más triste es comprobar lo mucho que ese tío y yo estamos en la misma onda (la TARDIS siempre fue mi personaje favorito), y a pesar de todo soy incapaz de escribir una mierda. Shame on me.

Relog

Las señales no tienen nada que ver con las explicaciones científicas. Todo tiene una explicación científica cuando se la buscas. Pero algunas cosas no son casualidades, porque ocurren justo cuando las necesitas.

Hoy necesitaba el apoyo de mis padres. No los tengo ya, así que todo lo que me queda son fotos y recuerdos. En especial, los que guardo en una caja de madera tallada que había sido de mi bisabuelo materno. Iba derecha a por el rosario de mi madre, que siempre me ha acompañado cuando he tenido malos momentos, y también he estado mirando la foto de mi padre, porque eso siempre consigue animarme, con su cara de «no pasa nada, aqui estoy». Y entonces he cogido el relog de mi madre. Mi madre era su relog. Ambos eran sus reloges, los mimaban y los cuidaban como ya no cuidamos ese tipo de objetos. El relog de mi padre dejó de funcionar cuando él murió. Buscadle una explicación científica, decid que en el hospital lo acercaron a algún aparato que lo imantó y destrozó el mecanismo, pero el caso es que el segundero se atascó y empezó a temblar sin avanzar realmente. Lo se perfectamente, porque llevé ese relog puesto durante casi dos días.

Mi madre murió en 1996. Esta tarde el segundero de su relog, al que ella siempre daba cuerda antes de acostarse, estaba corriendo. Y es día cinco, tal y como pone en el indicador.

Si queréis una explicación científica también os la puedo dar. Es uno de esos reloges que se dan cuerda solos con el pulso de la persona que lo lleva. También con el movimiento de las manos. Podéis pensar que en el viaje de la caja que lo contenía del estante de arriba del mueble a la mesita el mecanismo ha recibido suficiente movimiento como para darse cuerda al menos para unos segundos, pero a mi me da igual. Yo necesitaba a mi madre. Tengo su relog, y está en hora, y funciona. Por ahora. Así que ahora mismo tengo a mi madre, alerta y al lado. Es lo que necesitaba.